Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos con gozo la Solemnidad de Cristo Rey, Jesucristo Rey del Universo, pero sobre todo ¡Jesucristo Rey de nuestros corazones!.
En la primera lectura el profeta Ezequiel (Ez. 34, 11-12. 15-17) nos describe la figura del Pastor, nos propone de modo sencillo y cercano a este Dios- Pastor, Dios que sale a buscar su rebaño y se ocupa de él personalmente, nos dice: “Aquí estoy yo”, es una fórmula bíblica reiterada, que significa estoy actuando, obrando, pastoreando, velando por mi pueblo.
Este Pastor tiene en cuenta la condición en que se encuentran sus ovejas, y se ocupa de cada una, “Buscaré a la oveja perdida, haré volver a la descarriada, vendaré a la herida, y sanaré a la enferma…”; no escatima esfuerzos por difícil que sea reunir el rebaño o llegarse hasta el lugar donde las ha alejado el desconcierto de la tiniebla: “Como el pastor se ocupa de su rebaño cuando está en medio de sus ovejas dispersas, así me ocuparé de mis ovejas y las libraré de todos los lugares donde se habían dispersado, en un día de nubes y tinieblas”.
Esta figura de Dios-Pastor se encarna para nosotros en el rostro luminoso de Jesús Buen Pastor (Jn. 10, 1-16; Lc. 15, 3-7).
Jesús fue hecho Pastor en el momento de su Encarnación. Más aún, si se encarnó fue para ser Rey-Pastor, ante Pilato el mismo dirá: Si soy Rey, yo para esto he nacido (Jn.18,37). Quiso que la buena nueva la recibieran los pastores, y también los reyes, para que los que tenían esta distinción fueran los primeros en venir a adorarlo, y para que los que tenían el magro oficio de pastores y se sentían los últimos, fueran los primeros..
Jesús nace para ser Rey-Pastor, para salvar. Para buscar a la perdida, y apacentarla con su gracia. El Rey-Pastor nos cuida cuando nos llama, cuando nos corrige, cuando nos sana, cuando nos santifica, cuando nos consuela y nos viste de gloria, es decir nos hace partícipes de su Amor.
Jesús Rey-Pastor es rostro visible de la misericordia del Padre, por eso es que no condena, ni a la perdida, ni a la mañera, sino que sale en su búsqueda, no espera que vuelva, no hace especulaciones, sale, va él a buscar la descarriada, no porque haya algo digno de su amor; y la busca, no sólo cuando esta perdida, sino cuando aún está empecinada en el pecado, la busca sin que se lo haya pedido, y aún a pesar de ella. Y cuando la encuentra: la conduce a las aguas tranquilas y repara sus fuerzas, la lleva caminando él primero, va delante marcando el camino verdadero: “dándonos ejemplo para que sigamos sus pasos” (1Pe. 2, 21) pero más aún, si no nos es posible levantarnos solos, si la postración se ha hecho hábito, nos carga sobre sus propios hombros (Lc. 15, 5)[1].
El amor del Rey- Pastor llega hasta dar la vida por sus ovejas. Porque su historia es de sangre y de sacrificio, su compasión lo llevó a hacer suya nuestra miseria, ocupando nuestro lugar en la cruz. Da la vida para darnos vida resucitada y resucitadora, pues se da a sí mismo: como pastor y pasto al mismo tiempo. Cristo no descansa hasta introducirse en el interior de sus ovejas con su gracia, y sobre todo por la Eucaristía, siendo alimento, busca que lo asimilemos.
Querida comunidad lomense, desde este ejemplo del Señor Buen Pastor que se hace cargo de todo el rebaño, no me pidan entonces, que me apoltrone en la curia, permítanme salir a los barrios, a las periferias, a donde necesitan de la contención, de la escucha, del consuelo del obispo.
En este último domingo del año litúrgico la Iglesia nos propone en el Evangelio: el juicio universal, con todo lo que puede tener de temor, pero atenuado por las obras de misericordia.
El Rey-Pastor no juzgará las acciones y las obras excepcionales, nos juzgará en la cotidianidad del encuentro y del perdón, de la generosidad y la verdad, de la justicia, el amor y la paz. Es decir en los pequeños gestos de vida, de cada día.
Todos los hombres, de toda religión, raza y cultura, nos presentaremos ante Cristo Rey con la sentencia de lo que hayamos hecho o lo que hemos dejado de hacer, para con cada uno de los pequeños del reino. El programa del Reino esta ya preanunciado por Mateo, en el Sermón del monte, con las “Bienaventuranzas”: Felices ustedes, los pobres, los misericordiosos, los que sufren, los que no son tenidos en cuenta, los que trabajan por la justicia para que la equidad social, sea una realidad, que nos ayude a construir la paz.
Tributamos gloria y honor a Cristo Rey al tomar conciencia de que nos estamos juzgando a nosotros mismos, cada día; y al preguntarle al Señor: ¿Cuándo te vimos hambriento, enfermo, extranjero, desnudo, encarcelado…?El volverá a formular:
Les aseguro que cada vez que realizaron estos pequeños gestos cotidianos de vida, como pueden ser: la caricia que humaniza el dolor, la escucha que habla de respeto por el otro, la sonrisa que nos refleja la pascua, la palabra que concilia, la cercanía que vence toda exclusión, la paciencia que nos asemeja a Dios, la sincera lucha por la paz fruto de la justicia. Cada uno de estos gestos de vida no quedará sin recompensa, y nosotros, sus discípulos, queremos escuchar de los labios de Jesucristo Rey: Vengan benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo…
Desde esta esperanza del Reino, nos anima el Documento de Aparecida, como herencia y como desafío:
LaalegríaquehemosrecibidoenelencuentroconJesucristo,a quienreconocemoscomoelHijodeDiosencarnadoyredentor, deseamosquellegueatodosloshombresymujeresheridospor lasadversidades;deseamosquelaalegríadelabuenanoticiadel Reino de Dios, de Jesucristo vencedor del pecado y de la muerte, llegue a todos cuantos yacen al borde del camino, pidiendo limosnaycompasión(cf.Lc10,29-37;18,25-43).Laalegríadel discípuloesantídotofrenteaunmundoatemorizadoporelfuturo yagobiadoporlaviolenciayelodio.Laalegríadeldiscípulonoes unsentimientodebienestaregoístasinounacertezaquebrotade lafe,queserenaelcorazónycapacitaparaanunciarlabuenanoticiadelamordeDios.
LaIglesiaensusiniciosseformóenlasgrandesciudadesdesu tiempoysesirviódeellasparaextenderse.Poreso,podemosrealizarconalegríayvalentíalaevangelizacióndelaciudadactual[2].
Confiamos nuestro ministerio, y a todo tu pueblo, bajo el amparo de María, con esta breve oración: ¡Nuestra Señora de la Paz, ponenos con tu Hijo, para que reine en nuestros corazones! ¡Nuestra Señora de la Paz, ponenos con tu Hijo, para que reine en nuestros corazones! ¡Nuestra Señora de la Paz, ponenos con tu Hijo, para que reine en nuestros corazones!.-
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